La Confederación PYME alerta por caída del consumo y suba de costos. En el sector kiosquero calculan que se perdieron 36.000 locales y 72.000 empleos.
BUENOS AIRES.— La alarma llegó desde el corazón del comercio barrial: las pymes, advierten, están atravesando “lo peor” y el derrumbe ya se refleja en una postal cotidiana. En los últimos dos años cerraron más de 36.000 kioscos en la Argentina y, con esa caída, se habrían perdido 72.000 puestos de trabajo directos, según la advertencia pública que hizo Mauro González, presidente de la Confederación PYME, al describir un escenario de ventas en retroceso y costos fijos que se volvieron inmanejables para miles de locales de cercanía.
El dirigente ubicó el problema en un cóctel que se repite en distintos rubros: menos consumo, alquileres que se disparan al momento de renovar contratos y tarifas que siguen escalando mes a mes. En esa línea, sostuvo que el sector no encuentra una salida “por reconversión” cuando el bolsillo del cliente está ajustado: si no hay compradores, el kiosco no vende, pero tampoco vende el almacén, la farmacia o la verdulería. En paralelo, agregó, crece una derivación silenciosa: el cierre formal empuja a parte de los comerciantes a pasar a la informalidad o a probar suerte con ventas desde sus casas o por Internet.
El número de cierres, además, aparece respaldado por cálculos de la Unión de Kiosqueros de la República Argentina (UKRA), que cruza información del propio sector con datos administrativos. Su vicepresidente, Ernesto Acuña, señaló que en noviembre de 2024 había alrededor de 96.000 kioscos con razón social activa, pero que en las últimas semanas el universo de comercios que compran cigarrillos de manera regular se ubicó en 59.850, es decir, menos de 60.000. Para UKRA, ese salto explica por qué la cuenta de locales desaparecidos ronda los 36.000 en cerca de un año y medio, una diferencia de plazos que el sector atribuye a distintos métodos de medición, pero que coincide en la magnitud del golpe.
Detrás de los cierres, los kiosqueros enumeran tres razones que se potencian: recesión y caída de ventas, avance de cadenas con formatos más grandes y mayor espalda financiera, y pérdida de exclusividad para vender productos que antes empujaban la caja diaria, como cigarrillos, bebidas y golosinas, hoy presentes en otros canales. “Solo con cigarrillos y algo de golosinas no vivís”, vienen repitiendo desde el rubro: para sobrevivir, muchos locales intentan sumar cafetería, sándwiches, gastronomía rápida o tabaco armado, pero no siempre alcanza para cubrir alquiler, luz y reposición de mercadería.
La crisis también se lee en los indicadores del consumo. Un relevamiento citado por medios del sector mostró que las ventas de kioscos cayeron 40% en la comparación interanual y que, al cierre de 2024, la facturación se resintió especialmente en bebidas y golosinas, que suelen ser el motor del mostrador. A eso se suma la presión de los costos fijos y la dificultad para sostener stock en un mercado con clientes más sensibles al precio, que recortan “impulsivos” o cambian marcas y tamaños para gastar menos.
En un plano más amplio, el mal momento pyme convive con una recuperación frágil y desigual del consumo masivo. Según un informe de Scentia citado en enero, el consumo acumuló un alza de 2% en 2025, pero diciembre cerró 0,3% abajo interanual y el rebote todavía no compensa el desplome previo (en 2024, el sector había marcado -13,9%). En ese mismo análisis se remarca que la mejora no llega pareja a todos: mientras algunos canales se mueven por promociones y microcompras diarias, la rentabilidad del comercio chico sigue comprometida por alquileres, tarifas y una demanda que compra “lo justo”.
En ese contexto, desde UKRA impulsan proyectos para intentar frenar la sangría: una ley de proximidad para limitar aperturas de cadenas cerca de comercios ya instalados y otra para recuperar exclusividad de venta en determinados productos, con el argumento de que el kiosco de barrio cumple un rol social además de comercial. El Gobierno, por su parte, enfrenta el desafío de cómo sostener a un tejido pyme que hoy denuncia que trabaja con márgenes mínimos y que, cuando baja la persiana, no solo pierde un negocio: se apaga un punto de empleo y de vida cotidiana en cada cuadra.