Tras la caída de Maduro, el presidente estadounidense aseguró que su país “tendrá presencia directa” en el petróleo venezolano. Crece la tensión regional y las críticas por injerencia.
El presidente Donald Trump confirmó que Estados Unidos participará “muy fuertemente” en la industria petrolera venezolana, lo que desató una ola de reacciones políticas y diplomáticas en toda América Latina. Sus palabras fueron interpretadas como una confirmación de que los ataques recientes contra Venezuela tuvieron un objetivo central: asegurar el control del petróleo. La declaración se produjo tras la detención del exmandatario Nicolás Maduro, durante una operación militar que, según fuentes de Washington, habría contado con apoyo extranjero.
Trump sostuvo que, tras lo que calificó como una “transición necesaria”, su país buscará reactivar la producción de crudo en Venezuela a través de inversiones de compañías estadounidenses. Señaló que “las reservas venezolanas deben ponerse al servicio del pueblo” y remarcó que “las empresas energéticas norteamericanas están listas para ayudar a reconstruir la economía”.
Sin embargo, la frase “participará fuerte” generó preocupación en distintos sectores políticos y sociales. En Venezuela, dirigentes locales interpretaron las palabras de Trump como una intención de retomar el control de los recursos naturales bajo una lógica de intervención económica, mientras que otros celebraron la posibilidad de recibir inversiones que reimpulsen una industria prácticamente paralizada desde hace años.
La situación ocurre en un contexto de fuerte inestabilidad. En Caracas persisten enfrentamientos entre fuerzas militares disidentes y grupos civiles armados, mientras el país atraviesa un vacío de poder tras la caída de Maduro pero no del Regimen. En medio de ese escenario, la declaración de Trump funciona como una señal clara sobre el nuevo mapa energético que se está configurando en la región.
Venezuela posee una de las reservas de petróleo más grandes del mundo, pero su producción cayó drásticamente durante la última década, afectada por la corrupción, las sanciones internacionales y el colapso de la infraestructura estatal. Para Washington, la participación directa en ese sector no solo representa una oportunidad económica, sino también una herramienta de influencia política en el Caribe y Sudamérica.
Desde varios gobiernos latinoamericanos surgieron advertencias sobre los riesgos de una intervención encubierta disfrazada de “cooperación energética”. Analistas locales consideran que una entrada masiva de capital norteamericano podría alterar los equilibrios económicos regionales, impactando en la política de precios del crudo y en la soberanía de los países productores.
Por su parte, asesores de la administración estadounidense argumentan que la iniciativa busca “recuperar la estabilidad de una nación devastada por años de dictadura y mala gestión”, y que la participación petrolera norteamericana se daría bajo acuerdos supervisados por organismos internacionales. No obstante, en los hechos, Washington tendría capacidad operativa sobre refinerías, oleoductos y exportaciones de crudo venezolano.
Las palabras de Trump también reavivaron viejas tensiones en torno al control del petróleo en América Latina, un tema históricamente asociado a la influencia de Estados Unidos en la región. Desde la nacionalización de la industria venezolana en los años setenta, ningún mandatario norteamericano había planteado tan abiertamente la intención de retomar un papel protagónico.
En Venezuela, la población vive con incertidumbre y temor ante los cambios. Mientras algunos sectores ven la intervención como una oportunidad para salir de la crisis económica, otros denuncian una posible “entrega del país”. En las calles de Caracas se mezclan el alivio por el fin del régimen con la desconfianza hacia el nuevo escenario geopolítico que se abre.
El panorama, por ahora, es de máxima tensión. La posibilidad de que Estados Unidos asuma un papel directo en la reconstrucción del sistema petrolero venezolano plantea un debate que va más allá del crudo, redefine los límites entre cooperación y dominio, y vuelve a poner en el centro de la discusión el eterno conflicto entre soberanía nacional y poder global. Pero sobretodo demuestra que latinoamerica es debil, y está a la merced de los paises mejores armados; esto deja claro también que cualquier pais latinoamericano puede ser invadido por EEUU sin presentar resistencia.