LA PAZ: Un clima de crisis, incertidumbre y fragmentación anticipa las elecciones del 17 de agosto, donde el Movimiento al Socialismo podría perder el control tras dos décadas de hegemonía.
Por primera vez en casi veinte años, el MAS enfrenta la posibilidad real de quedar fuera del poder. El partido llega dividido, con su histórico referente Evo Morales inhabilitado legalmente y promoviendo el voto nulo desde su bastión del Chapare. La profunda crisis económica, marcada por inflación, escasez de combustible, falta de dólares y deterioro institucional, configura un escenario de malestar social y desencanto ciudadano.
Según analistas locales, la fractura del MAS lo ha debilitado, reduciendo significativamente las chances de su candidato oficialista, Eduardo del Castillo. Las encuestas dan ventaja a figuras como el empresario Samuel Doria Medina y el exmandatario Jorge “Tuto” Quiroga, quienes representan visiones opuestas pero coinciden en la urgencia de un plan de estabilización económica. Ambos se perfilan como los más probables para pasar a una segunda vuelta, prevista para octubre si ningún candidato supera el 50%.
El desgaste del MAS responde tanto al agotamiento del modelo de nacionalización e inclusión iniciado en 2006, como a una continua polarización arrastrada desde la crisis de 2019. La imposibilidad de renovación interna y el "culto al liderazgo" en torno a Morales han restado capacidad de adaptarse a los cambios y responder eficazmente a la crisis actual, alejando al partido de sus bases históricas.
De imponerse la oposición, Bolivia ingresaría en una etapa inédita de gobierno de coalición, con el poder parlamentario mucho más distribuido y la necesidad de pactos para destrabar reformas políticas y económicas de alto costo social. Especialistas advierten que, más allá del color político, el próximo presidente tendrá ante sí desafíos extraordinarios: recuperar la estabilidad económica y, sobre todo, reconstruir la confianza en las instituciones democráticas.
A nivel regional, un cambio de gobierno en Bolivia representaría el fin del último gran bastión del progresismo sudamericano, y podría oxigenar el debate sobre las nuevas izquierdas y derechas en la región, marcando un quiebre en la asociación entre populismo y prácticas autoritarias luego de veinte años de dominio del MAS.