Bolivia: el país vota este domingo en medio de una crisis que golpea los cimientos económicos y políticos, esperando una resolución que determina el futuro.
A horas de los comicios presidenciales y legislativos, la sociedad boliviana se enfrenta a un escenario marcado por la recesión y la fragmentación del sistema tradicional. La inflación interanual llega al 24,5%, la más alta desde 2008, la escasez de productos básicos afecta a las familias, y una crisis de divisas golpea fuerte, generando un clima de hartazgo extendido en las principales ciudades y zonas rurales. Tras veinte años de dominio del Movimiento al Socialismo (MAS), dos candidatos de derecha emergen como favoritos: Samuel Doria Medina y Jorge "Tuto" Quiroga encabezan los sondeos y prometen un giro radical a las políticas económicas estatistas.
El MAS, otrora imbatible bajo Evo Morales, hoy se desangra entre rupturas y boicots. Morales, apartado por la justicia y distanciado de Lucho Arce, llamó a sus seguidores a "votar en blanco" y rechazar el modelo neoliberal propuesto por Doria Medina y Quiroga. Arce, por su parte, desistió de competir a raíz de la baja popularidad provocada por la crisis y la interna partidaria; mientras, el resto de los candidatos de izquierda, Andrónico Rodríguez y Eduardo del Castillo, apenas logran cifras marginales, 5,5% y menos aún en los relevamientos.
El proceso electoral implementa medidas estrictas: las actas serán digitalizadas y el escrutinio se realizaría con observadores internacionales. Se prevé una segunda vuelta inédita entre los dos principales dirigentes de la derecha el 19 de octubre, siempre que las proyecciones de las encuestas se mantengan y el MAS no remonte el bache en el balotaje.
Las propuestas de los candidatos de derecha se basan en el ajuste fiscal, la privatización de empresas estatales y el rescate de las reservas internacionales; Quiroga plantea fortalecer la propiedad privada y abrir los mercados, mientras Doria Medina enfatiza el control de la inflación y el regreso de combustible y divisas en cien días. La población boliviana, marcada por el desencanto, busca una salida urgente ante el derrumbe del modelo vigente.
La crisis actual —con largas filas por alimentos, la caída del gas y dificultades para acceder a dólares— motiva el cambio político y económico. Morales, refugiado en el centro del país y rodeado de sus seguidores, insiste en el boicot, evidenciando la fractura de la organización que gobernó Bolivia desde 2006.
Bolivia, ante una fecha crucial, decide entre los candidatos que prometen austeridad y reformas profundas, y un oficialismo debilitado que podría perder su reconocimiento legal tras estos resultados. El desenlace representa el inicio de un ciclo nuevo, donde se ponen en juego los logros sociales y económicos del último periodo.